La historia de Mar del Plata

Capítulo II

. Un lugar en el mundo. ¿Te acordás de la Colonia? Ganado salvaje era el de antes. Caballos cimarrones. Los fortines y el comercio Indígena. Llegan los jesuitas. Otra misión al sur. La reconstrucción. La herencia de los jesuitas.

De nuevo estamos listos para levantar vuelo hacia el pasado.  Esta vez viajaremos hacia la época en que los jesuitas llegaron a nuestra zona y fun­daron la Reducción del Pilar. Tiempos de aventuras, desafíos y sorpre­sas. El encuentro entre los indígenas y los europeos, en las sierras. Los primeros in­tentos de convivencia. Las misiones jesuitas. La herencia de aquellos religiosos. Un suplemento con todo el color y los da­tos que más te interesan. Y con una historieta que te cuenta lo que vos siempre quisiste saber y jamás te di­jeron sobre la fenomenal llegada de los eu­ropeos a estas tierras. ¡Un viaje imperdible, para disfrutar con la familia y los amigos del colé!

Un lugar en el mundo

En la historia de los hom­bres y las comunidades, los hechos nunca se dan aislados. Se encadenan unos con otros, y según sea la posición política o filosófica de quien los cuente, así aparecerán. Por eso te contamos al­gunas cuestiones impor­tantes:

Una vez que España derrotó a los moros que la domi­naron durante siete siglos, y también victoriosa sobre el océano, había llegado al Río de la Plata en 1516, veinticuatro años después del primer viaje de Cristó­bal Colón y tres años después de que Balboa descu­briera el Mar del Sur.

Entonces reinaba Carlos V, nieto de los Reyes Católi­cos, quien tendría un Imperio donde «nunca se pon­dría el sol». Los metales preciosos de América lo ayu­darían a sostener sus guerras contra Francia, Inglate­rra, los turcos y contra la naciente herejía de Martín Lutero.

El oro y la plata del Nuevo Mundo —salvo la que le ro­baban los piratas— llenarían durante un tiempo sus ar­cas y alimentarían sus sueños de poder.

¿Te acordes de la Colonia?

El territorio que hoy es nuestro país dependió del Vi­rreinato del Perú durante casi dos siglos y medio. En aquel tiempo Lima era la capital y Potosí el mayor cen­tro minero americano. Eran los dos principales nú­cleos poblados.

Buenos Aires, lejos de ambas y sin recursos minerales, propiciaba el contrabando por vía fluvial y marítima porque tenía prohibido el intercambio comercial por su puerto. También comerciaba con Bolivia enviando muías de Córdoba y carretas de Tucumán, Para Buenos Aires era muy importante el papel de la

agricultura al norte del Río Salado, igual que la produc­ción de ganado vacuno, ovino, caballar y mular. Así es como hacia 1740 ya exis­ten pueblos en la primera línea de frontera, que iba desde Magdalena a San Ni­colás.

La segunda línea de forti­nes nació a partir de 1781 y se extendía de Chascomús hasta Mercedes.

Ganado salvaje era el de antes

En América no había caballos, ni vacas, ni ovejas. La imagen de un hombre montado era tan extraña para los indígenas que, según se cuenta, al principio pensaron que el caballo y el jinete eran la misma cosa.

Los primeros caballos llegaron al Río de la Plata con Pedro de Mendoza. Algunos se escaparon al campo y se reprodujeron en la in­mensa llanura pampeana. Y lo mismo sucedió con las vacas que trajo Juan de Garay. El ovi­no llegó más tarde, pero de cualquier modo la tierra se pobló con miles de animales que se volvían más salvajes a medida que se alejaban del hombre.

Estos animales se convirtieron en la gran ri­queza de las pampas. El cuero se usaba en Europa para el calzado de las tropas, los arreos de los caballos, los tiros de los vehícu­los y las armas de guerra. Te contamos una curiosidad: si bien no había metales en estas tierras, al río más importante se lo llamó Río de la Plata. Y de esta palabra en latín —argentum significa plata—, luego surgió el nombre con el que se bautizó al país.

Los fortines y el comercio indígena

Las fronteras que te mencionamos permitían un activo intercambio entre los es­pañoles y criollos con los in­dígenas. Eso no excluía que de vez en cuando hubiera malones contra las estancias del interior de las líneas de fortines, así como venganzas, castigos y también expedi­ciones a las Salinas Grandes. Los indígenas que vivían en las sierras de Tandil y Ventana eran criadores de ganado nómade, ya que debían trasladarse por las estaciones y la búsqueda de pastos y agua. Eso ayudaba a mantener una población bastante nume­rosa y fomentaba el intercam­bio comercial. Corría la segun­da mitad del siglo XVIII. Los indígenas ofrecían ganado y sal para recibir, a cambio, telas, sombreros, sustancias tintóreas, monedas, espuelas cuchillos, lan­zas y bebidas alcohólicas. Este comercio ayudó a que hubiera una paz relativa entre 1790 y 1820.

Caballos cimarrones

Cuando Juan de Garay fundó Buenos Aires por se­gunda vez, en 1580, cuarenta años después de que se despoblara la primera aldea, encontró gran cantidad de caballos cimarrones en la región. Los indígenas todavía no los montaban y se piensa que comenzaron a hacerlo recién el siglo siguiente, el XVII. Indígenas y caballos, con el tiempo, se consubstancia­ron de una manera extraordinaria. Los acariciaban, les hablaban y los ensillaban con gran cuidado. De tal manera, los animales que vagaban por los campos fueron buscados tanto por los españoles como por los indígenas. Y ese ganado, muy abundante en nuestra zona gracias a las aguadas y pastos, determinó que a mediados del siglo XIX se insta­lara el saladero del Puerto de la Laguna de los Padres.

Llegan los jesuitas

En mayo de 1740 se fundó la Misión de Nuestra Señora en el Misterio de su Concep­ción de los Pampas en la margen derecha del Río Salado, no muy le­jos de su desemboca­dura.

De allí partieron, en 1746, los padres Matías Stróbel, Tomás Falkner y José Cardiel para fundar una misión que llevaría el nombre de Nuestra Señora del Pi­lar de los Puelches. Se establecieron a orillas de una laguna que los españoles llamaban de las Cabrillas y que, justamente por ellos, tomó el nombre actual: Laguna de los Padres.

El padre Cardiel dejó constancia de su encontró con indígenas pampas, serranos y aucaes… «que vienen con­tinuamente a Buenos Aires… saben la lengua española …y que han aprendido las malas costumbres de la gente de servicio, negros, mestizos y mulatos… dejando de aprender las buenas… por lo cual se hacen inconvertibles». La zona elegida, cercana a las sierras llamadas del Vol­cán —de la voz aborigen Vuulcán, nombre de lo que hoy es la Puerta del Abra—, era un lugar estratégico en el camino que los indígenas seguían para unir Bue­nos Aires con el sur de Chile.

La herencia de los jesuitas

Algunos vecinos de Mar del Plata dicen que la primera página de la historia local es la creación del Ca­bildo del pueblo del Pilar. Te contamos: el 1º de enero 1751 quedó constituido el Ca­bildo en presencia del padre Matías Stróbel. Se eligieron un corregidor, dos alcaldes, un alférez real, tres regido­res y un alguacil mayor. Pero el cabildo no tuvo nin­guna trascendencia ni tam­poco perduró. En cuanto a los jesuitas, cuando partieron se ha­brán llevado los pocos objetos que tendrían en la misión, tanto los per­sonales como los reli­giosos. Y sus huellas desaparecieron. De todos modos, jóve­nes historiadores ras­trean sus pasos en la cer­canía de la casa de la Lagu­na de los Padres. Recuerdo que hace 30 años, el encar­gado del Museo José Her­nández, nos confió que ha­bía encontrado un badajo de campana en el campo. Y no sabemos más.

Ya pasaron casi dos siglos y medio desde que los jesuitas abandonaron su empresa y, de ellos, quedó solamente el nombre geográfico: Laguna de los Padres.

Otra misión al sur

En 1749 llegaron a la Reducción del Pilar tres caciques tehuelches con unas 1.200 personas. Se decidió ubicarlos en otra misión, que se fundaría en un lugar próximo, ¡ a la que se llamó Nuestra Se­ñora de los Desamparados de Tehuelches o Patagones. En las misiones chocaban cinco poderes no muy fáciles de conciliar entre sí:

1. El religioso, representa­do por los jesuitas.

2. El civil, a cargo del Go­bernador de Buenos Aires.

3. El militar, ejercido por el maestre de campo.

4. Los intereses de los comerciantes, como los pulperos que seguían a los misioneros. 5. El de los indígenas. Pero el  cacique Cangapol, a quien los españoles llamaban el Bravo, arrasó la misión de los Desamparados el 24 de febre­ro de 1751. Sus amenazas obli­garon, poco tiempo después, al abandono de la Misión del Pilar.

En 1753, los jesuitas también abandonaron la Misión de la Concepción.

Algunos historiadores atribu­yen el fracaso de las misiones a la transformación que Canga­pol estaba produciendo en el se­no de las comunidades indígenas con sus intentos hegemónicos.

¡La Reconstrucción!

Durante el gobierno local del coronel Pe­dro Enrique Marti Garro —que fue Co­misionado Municipal desde el 27-5 al 12-9 de 1963, y también años después desde el 13-7-1966 hasta el 13-9-1971— se eri­gieron una capilla y un rancho como ré­plica de la Misión del Pilar. En realidad no hay pruebas del lugar en el que es­tuvo la verdadera misión, ni tampoco se sabe con cer­teza cómo eran sus construcciones. Los únicos datos son las notas del padre Matías Stróbel sobre un ran­cho de tapia —pared de tierra apisonada entre dos ta­blas que se van levantando, hasta alcanzar la altura de­seada— y techo de paja. Los muros de tapia, los ran­chos de chorizo y los techos de paja necesitan un man­tenimiento constante, algo que no ha ocurrido con la actual Misión. Muchos marplatenses, que no estuvimos de acuerdo con la réplica por este motivo, vemos que se cumplieron las predicciones que hicimos.

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